Río Mayo a lo largo y a lo ancho

Calles despejadas pero ventosas y gente cálida que nos invita a acercarnos al secreto de sus vidas. En cada esquina han quedado muestras de su amor por sus antecesores y los valores atesorados a través de los años.

Al llegar a Río Mayo tuvimos la sensación de llegar a un pueblo sin habitantes. Vimos poco movimiento en las calles y nuestro auto quedó envuelto por la polvareda de sus calles de ripio.

Si bien los negocios parecían aislados los unos de los otros, fuimos descubriendo algunos hoteles y confiterías donde nos instalamos para conocer la esencia de este ventoso pueblo patagónico. Mientras conversábamos con gente del lugar, nuestra primera impresión fue cambiando. En las afueras del pueblo es donde se encuentran los establecimientos ganaderos que dan trabajo a la población y el centro es para muchos sólo un lugar de paso.

Aceptamos la idea de “bicicletear” por el pueblo para conocerlo. Observamos que este popular vehículo lo utilizaban tanto los jóvenes como las personas mayores.

Dimos la primer pedaleada frente al predio del Festival Nacional de la Esquila. Allí, durante tres días del mes de enero se desarrolla la fiesta que caracteriza a la localidad. Los criadores de ovejas, esquiladores y sus familias disfrutan de su celebración.

  • Calles despejadas pero ventosas

    Calles despejadas pero ventosas

  • Quince caballos criollos tiraban de esa carreta

    Quince caballos criollos tiraban de esa carreta

  • En la entrada de la ciudad

    En la entrada de la ciudad

  • Recorrido en bicicleta

    Recorrido en bicicleta

Año tras año son más los visitantes que llegan de todos los confines del país y del extranjero. Desean presenciar los desfiles de gauchos, las muestras de tejido artesanal y muy especialmente el concurso de esquila en el que participan tanto hombres como mujeres. Los espectáculos musicales de artistas locales y de renombre nacional, así como los fogones con asado criollo y comidas típicas, le cambian la fisonomía al pueblo.

Dejamos el predio y tomamos el camino costero del río Mayo. Éste baja de la montaña y su cauce es muy cambiante. En tiempos de deshielo es correntoso y las crecientes son habituales. Una de ellas destruyó el “Puente Viejo” y sus restos quedaron como símbolo del paso de los antiguos carreros.

En verano, los riomayenses concurren al balneario para refrescarse y defenderse de las altas temperaturas. Mientras transitábamos por allí, un aroma a menta nos llegó desde la vegetación baja de los alrededores.

Leandro Gigena, nuestro guía, fue quien nos contó que el mismo río ofrece excelente pesca de truchas y salmones a pocos kilómetros de distancia del pueblo. Por ello, reciben gran cantidad de pescadores todos los años.

Volviendo hacia la zona céntrica, notamos que las casas eran bajas con gran extensión de terreno. Leandro hizo mención a la falta de contaminación ambiental y paisajística.


Por las huellas del ayer

Llegamos a la espaciosa plaza San Martín y dejamos nuestra bicicleta por unos minutos para prestar atención a un inusual atractivo: un arroyo y su pequeña laguna llamada Menuco dividían el predio en dos. Las aguas de ese arroyo eran lugar de encuentro de los carreros que descansaban allí junto a sus caballos en un pasado no tan lejano. Una carreta con enormes ruedas descansa en aquel lugar como recuerdo de ese paso. ¡Si habrá rodado caminos con su carga a cuestas!

Dijo Leandro: “Quince caballos criollos tiraban de esa carreta y transportaban la lana hasta Sarmiento, desde donde partía el tren hacia el puerto de Comodoro Rivadavia”. Los edificios de la municipalidad, concejo deliberante y biblioteca se encuentran frente a la plaza principal.

Observamos con atención otro monumento que nos resultó de difícil comprensión. Eran dos manos abiertas sosteniendo un vellón de lana, símbolo del trabajo esforzado de los esquiladores. El caballo criollo también cuenta con su propia escultura en ese sitio.

La plaza A'Ayones (“tierra de pantanos”, en lengua tehuelche) tiene una fuente de agua y un enorme mural pintado por un artista local. Un grupo de jóvenes tocaba la guitarra, lo cual, a falta de un shopping o cine, es algo frecuente.

En pleno centro encontramos dos campings: el que está al lado de la Casa de la Cultura tiene un arroyo y, además, un escenario donde en verano hay espectáculos musicales muy concurridos.

Nos acercamos a los talleres municipales de artesanías y danzas. Allí, conversamos con una profesora y notamos la gran acogida de estas enseñanzas entre los locales. Los riomayenses no ocultan su orgullo por su gimnasio municipal y cancha de fútbol abierta para la comunidad, ya que el deporte tiene muchos adeptos.

Al mirador iríamos en auto en otro momento del día. Ubicado sobre la barda, desde allí veríamos el pueblo desde lo alto y el río serpenteante entre los cañadones.

A la hora del almuerzo y mientras repasábamos mentalmente lo recorrido en la mañana, contemplamos las calles casi desiertas. La siesta era sagrada y eso, intuimos, también daba cuenta de una manera de vivir.

No fue casual que hiciéramos el recorrido en bicicleta. Aceptamos esa invitación y, con un gesto tan sencillo, mostramos aprecio por el silencio y la tranquilidad que allí imperan.

Autor Mónica Pons Fotografo Eduardo Epifanio

Organiza tu viaje con: interpatagonia.com | welcomeuruguay.com | welcomechile.com