Pesca en la boca del riacho Pilagá

Formosa presenta una autenticidad excepcional para un turismo de naturaleza. En ella todo se ofrece como siempre fue: virgen y puro. ¡¡Salimos a pescar…!!
Domingo. El ritmo deliciosamente lento de los autos anacrónicos que circulan por las calles formoseñas, parecen eternizarse en el acceso norte de la ciudad. Vamos a aprovechar una de las mejores bocas de pesca que confluye con el río Paraguay: el riacho Pilagá.

Nos dejamos contagiar de esa pereza innata que poseen los formoseños en este particular día de la semana, empalmamos la Ruta Pcial. Nº 6 y enfilamos “pa’l Pilagá”.

Ahora, la ruta por la que transitamos se encuentra en muy mal estado, apenas una capa resquebrajada de pre-asfaltado –que conviene no usar–, y nada de señalización, nos hacen conducir entre tumbos y saltitos por el camino. El ritmo ya no es tan delicioso, pero para nuestra suerte vamos con Fredy Iznardo, que para estas alturas, más que un guía, es un amigo del norte litoraleño.

Tengo tantos apuntes de lo que nuestro guía fue diciendo y explicando sobre las culturas, las selvas en galerías, los animales, los peces y demás que podría escribir una edición especial de Formosa.
  • Turismo de naturaleza

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  • El “Paraíso del Pescador”

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  • Calma formoseña

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  • Los últimos rayos del día comenzaron a saludarnos

    Los últimos rayos del día comenzaron a saludarnos

Como es nuestro último día en la provincia, no quisimos partir sin antes intentar pescar en alguna de las bocas del Paraguay, y como Fredy sabe lo que queremos, dice que nos va a llevar “al mejor lugar para pescar cerca de la capital”.

Transcurridos los kilómetros, pasamos frente a la localidad Mojón de Fierro, y a partir de allí nos internamos en la selva del lugar. Una nube pasajera dejó caer una leve llovizna en el pseudo pavimento y el polvo dejó de volar. Bajamos la ventanilla del coche y percibimos el particular olor a tierra mojada, mientras una cálida brisa nos anunciaba que no llovería más.

Antes de ir a la boca del Pilagá, nos detuvimos para observar la Capilla de la Virgen del Puerto. Dieciséis palmeras imperiales nos dieron la bienvenida por un senderito hasta la puerta del templo. En su interior reparamos en la imagen de la virgen y en los coloridos vitraux sobre los laterales. El silencio religioso que se respiraba en el denso aire, nos invitó a tomarnos un tiempo para meditar.

El “Paraíso del Pescador”

Así anunciaba un cartel en la puerta de entrada a la boca del Pilagá. Una vez más Fredy no nos había defraudado, estábamos en el mejor lugar para pescar cerca de la ciudad.

Estos sitios son los más recomendables para efectuar una práctica de pesca deportiva.

Como en su interior circulan peces de menor porte que el habitual, los peces más grandes entran en los canales para alimentarse de los más pequeños, y luego poder regresar más rápidamente al cauce del río mayor, en este caso el Paraguay.

En la zona del riacho Pilagá hay un camping con todas las comodidades para disfrutar al máximo de la estadía. Bajada de lanchas, agua potable, luz eléctrica, sanitarios y un corto césped que aleja a las alimañas del lugar, son suficientes para recrearse en una jornada de pesca. Eso sí, no hay señal para la utilización de telefonía celular, salvo que nos trepemos a un árbol alto.

Una vez que tuvimos todo –caña, tanza, reels, anzuelo y “morenitas” que usamos como carnadas–, más la típica paciencia que hay que tener hasta que se dé el pique, nos dispusimos a pescar.

Tereré de por medio, acordes de guitarra, risas y una charla amigable son el condimento justo y necesario para disfrutar de la práctica pesquera a la vera del Pilagá.

Comenzó a atardecer. Los últimos rayos del día comenzaron a saludarnos desde el horizonte. Cuando nuestras expectativas por sacar algún surubí, dorado, pacú o corvina se estaban perdiendo (aunque mucho no nos importaba), el pique dijo presente, y casi sin luchar un hermoso pacú se dio por vencido en nuestras manos.

El pacú es un pez de forma oval, de contextura ceñida y cola menuda, con la particularidad de poseer una cabeza, boca y ojos pequeños. Su color es grisáceo con tonos rosados que se tornan oscuros cuando estaciona en aguas claras. De temperamento aguerrido, y de voraz apetito, acepta casi todo lo que se le ofrece, y lo que es mejor, su carne blanca hecha al “chupín”, o al queso roquefort… ¡es para chuparse los dedos!

Luego de la exitosa pesca, emprendimos el retorno. Al llegar a la ciudad nos despedimos de Fredy, nuestro nuevo amigo, quien nos invitó a regresar a Formosa en el mes de febrero para realizar una excursión en piragua por Clorinda, el bañado La Estrella o por el riacho Monte Lindo.
Leer paseo completo...Marcelo Sola / Marcelo Sola

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