La participación de Argentina en los mundiales había pasado prácticamente desapercibida antes de que la presencia del inigualable Diego Armando Maradona marcara un antes y un después, más allá de su figura que despierta amores y odios al mismo tiempo.
La historia cuenta que el Mundial de 1978 se disputó en nuestro país y que nuestra Selección Nacional logró ganar su primer Campeonato Mundial de Fútbol. Y si bien se festejó a lo largo de todo el país, hubo suficientes motivos internos para no sentirse identificados.
En cambio en 1986, ya en democracia y siendo el anfitrión México, fue cuando sí nos recibimos de Campeones del Mundo, sin ayudas, sin ningún tipo de rarezas, simplemente jugando al fútbol y siendo los mejores. Como debería haber sido siempre.
Ahí, Diego Armando Maradona no sólo se dio el lujo de esquivar a cuanto jugador contrario se le cruzara por el campo de juego, sino que logró imponer dos joyas para escribir la historia grande del fútbol. Ambas ocurrieron en un partido que tuvo condimentos políticos y sociales, además de futbolísticos: el rival era la selección de Inglaterra (los inventores del fútbol), justo después del conflicto bélico que hubo entre ambos países en las famosas Islas Malvinas.
Allí, el hombre de la camiseta número 10 se vistió de mago para siempre. "La Mano de Dios" sentenció (ilegítimamente) el primer gol de este gran partido, pero pasaron apenas minutos para que el mundo entero observara cómo un chiquitín apodado alguna vez Pelusa desparramara a los jugadores ingleses por toda la cancha para mostrarnos el mejor gol de la historia de los mundiales. Lo demás fue simplemente un trámite, la copa del mundo ya tenía sabor argentino.
