as lagunas de toda la provincia de Buenos Aires guardan, junto al Río de la Plata, idénticas sensaciones para el pescador deportivo.
Sólo hay que buscar un bote y remar o encender un pequeño motor y navegar hasta el punto en que los ojos lo crean conveniente. Y anclar cuando el bote se encuentra estabilizado y cuando se tiene la certeza de que ha llegado el momento de armar el aparejo de tres boyas si estamos en invierno, o la tradicional línea de flote de un anzuelo grande si la pesca se desarrolla en los meses cálidos del verano. O línea de fondo si se busca la boga. Todo vale...
Sucede que más allá del pez que se busque, la pesca siempre se desarrolla con las mismas inquietudes e incertidumbres, como si fuera la primera vez. Las expectativas y las ilusiones se vuelven vírgenes, y pareciera que el niño que todos llevamos dentro se apodera del hombre y lo invita a soñar con el gran pez, que aunque no se sabe dónde ni cuándo, se encuentra en algún lugar, esperándonos.
Y así, en escenarios naturales y con actores de carácter y personalidades múltiples, que no son otros que los pescadores y los peces, la pesca nos propone el juego de ver quién engaña a quién. Juego que termina cuando la luz del sol se oculta y es el momento de volver a tierra firme para ver si la jornada resultó exitosa o no tanto.
Es entonces cuando el ego del pescador sube montañas y hace cumbres si algún gran ejemplar puede pasar a formar parte de nuestras anécdotas o vivencias personales. O por el contrario, cuando en busca de una razón lógica, hacemos cómplices del fracaso a los vientos, a las mareas e incluso a una pobre luna llena que no ha estado con nosotros en ningún momento del día pero que se encuentra allí para impedir nuestro éxito.
Así somos los pescadores: los últimos idealistas y románticos de un mundo desencantado en el que aún hoy buscamos, en cualquier espejo de agua, que una sirena nos llame del otro lado de la línea...
|