Marcelo Sola
Abandonamos la capital misionera y un par de minutos más tarde estábamos cruzando la Ruta Nac. Nº 14 con rumbo a Oberá. A medida que avanzábamos los colores del camino se tornaban más intensos, tal vez alucinación nuestra, no lo sé, pero lo cierto es que el rojo húmedo de la tierra y el verde de las enlomadas selvas parecían brillar más. |
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La ruta que nos condujo se encuentra en buen estado y con buena señalización, por lo que nos permitimos llevar el acelerador hasta los límites permitidos y en una hora y media estábamos entrando a la ciudad.
Anochecía y por ello decidimos conocer la villa a la mañana siguiente. Nos alojamos en Cabañas del Parque, y ni bien entramos al bungalow supimos que esa noche íbamos a descansar como reyes. Si bien la decoración del hotel es muy sencilla, la cordialidad de los empleados, la sencillez de los ambientes, el detalle de tener la temperatura ideal –gracias a la utilización de un potente aire acondicionado– más el tentador frigobar colmado de gaseosas, alfajores y chocolates hacen de este sitio el mejor de Oberá a la hora de planear una estadía.
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Las arremolinadas sábanas al principio, y la caliente ducha después, hicieron que nuestra salida se demorara más de la cuenta. El desayuno de Cabañas del Parque merece un capítulo aparte. Un opíparo tentempié con frutas frescas, exprimidos, dulces artesanales y un negro y exquisito café fueron suficientes para cargarnos de energía y salir a disfrutar de las bondades de Oberá. |
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Salimos por la calle Ucrania, doblamos a la derecha y a 500 m encontramos el famoso Parque de Las Naciones, donde año tras año las catorce colectividades que conforman gran parte de la sociedad obereña se dan cita para festejar la Fiesta Nacional del Inmigrante, durante la primera quincena del mes de septiembre.
En Oberá han coincidido, como en pocos lugares de la Argentina, inmigrantes de las más variadas nacionalidades y etnias. Esta diversidad ha traído un enriquecimiento cultural extraordinario y una convivencia ejemplar.
En este predio de 10 has se levantan las casas típicas de las colectividades y también tienen sus sedes la Federación de Colectividades y el Museo Histórico y de Ciencias Naturales Municipal. Si bien el parque aún no está terminado, es un monumento vivo, en constante mutación y progreso, donde se rinde homenaje a los inmigrantes que forjaron a Oberá, siendo el símbolo de una comunidad que quiere decir al unísono “aquí la diversidad nos une”.
Al recorrer las instalaciones nos dimos cuenta que el lugar esta instaurado en el imaginario social obereño como un lugar de encuentros. Grandes y chicos se juntan a jugar al fútbol, a caminar, o simplemente a conversar debajo de la sombra de algún frondoso árbol compartiendo un rico tereré.
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Es de destacar la arquitectura de cada una de las casas que forman parte de la Federación, integrada por alemanes, árabes, brasileños, españoles, franceses, italianos, japoneses, nórdicos (daneses, finlandeses, islandeses, noruegos y suecos), paraguayos, polacos, rusos, suizos y ucranianos, juntamente con los anfitriones argentinos. Cada una de ellas posee esa distinción que las hace tan particulares como únicas.
Entramos al Museo Histórico y de Ciencias Naturales Municipal para conocer los objetos que en él se exhibían. Nos recibió Celma Tabarez –encargada del museo– quien con la pasión de alguien enamorado de lo que hace, nos contó y nos mostró todo el lugar.
El museo cuenta con tres salas. Una destinada a las Raíces Misioneras, donde se exponen al visitante distintas fotografías, material lítico y artesanías de mimbre de los primeros habitantes del lugar: los guaraníes.
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Otra de las salas posee vestimentas típicas de inmigrantes, y revela distintos hechos históricos de importancia como la Masacre de Oberá, tal como se conoció a la protesta agraria de 1936; o la atípica nevada de Oberá que ocurrió en agosto de 1965; además de otros elementos que registran de un modo u otro el continuo avance de la comunidad.
Por último entramos a la sala de Ciencias Naturales donde aprendimos sobre la rica avifauna del lugar, a través de los distintos animales disecados, entre los que destacamos la presencia de un yacaré, un colorido papagayo y una larga yarará, la cual, si la mirábamos en demasía, nos daba hasta un poquito de miedo.
Culminada la visita nos fuimos del museo, agradecidos con Celma por supuesto, hacia algún rincón del parque. Un sabroso aroma motivó nuestros sentidos y siguiéndolo entramos en la Casa Nórdica, donde estaban cocinando rüllader, una especie de niño envuelto de carne con panceta, papas y guarnición que era devorado por nuestra mirada, por lo que decidimos hacer un parate obligatorio y degustar el vistoso plato regional que fue servido por una simpática mujer de origen sueco.
Luego del almuerzo, volvimos a Cabañas del Parque para realizar una decidida siesta ya que la intención era hacer la digestión para poder disfrutar de la envidiable piscina que posee el hotel. La paz del lugar nos invadió y relajados nos dormimos hasta la tarde. |
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