Acampar en Mar Azul

Es para muchos uno de los camping más hermosos que tiene el país. Rodeado de pinos y con la particularidad de mirar el mar desde cualquier parcela, es imposible no imaginar un día acampando en él.

Caminando por la playa, en forma inmediata nos damos cuenta de que estamos ante su singular presencia. Es que cientos de carpas de todas formas y colores, grandes y chicas, canadienses o del tipo iglú, sobresalen de la frondosa barrera de pinos que separan el bosque y el pequeño poblado de la playa y el mar.

Decenas de carpas se ubican de manera estratégica entre los huecos que forman los médanos y la protección de los pinares, lugares que en plena temporada se vuelven verdaderos tesoros. Sin embargo, la belleza del resto de las parcelas es algo que se nota a simple vista. O bien en el centro del bosque, o mirando el mar, la mayoría de quienes acampan prolongan su estadía siempre, debido al encanto que posee el lugar.


Con sol o luna llena

Amanecer en un camping en plena temporada de verano es una experiencia majestuosa. Generalmente, los primeros ruidos de la naturaleza están encargados a los pájaros del lugar, que con su canto anuncian la inminente presencia del sol.

  • El mar, siempre el mar

    El mar, siempre el mar

  • De todas formas y colores

    De todas formas y colores

  • Rodeado de pinos

    Rodeado de pinos

  • Una experiencia majestuosa

    Una experiencia majestuosa

  • Acercándose a la playa

    Acercándose a la playa

  • Pequeñas casas portátiles de telas de colores

    Pequeñas casas portátiles de telas de colores

A ellos le siguen un par de madrugadores que, en su mayoría pescadores o caminantes, deciden aprovechar los primeros minutos del día para satisfacer sus actividades favoritas. Se los ve acercándose a la playa solos o en grupos pequeños y siempre con un amigo en común: el mate, cuya agua fue calentada en la pava de siempre o en alguno de los modernos calentadores que se enchufan en cualquiera de las parcelas, a metros de las carpas.

Horas más tarde, despertarse es algo que se ha vuelto general. No porque no siga habiendo sueño, sino porque los primeros rayos del sol se encargan, con su calor y su energía estival, de invitar imperativamente a abandonar estas pequeñas casas portátiles de telas de colores.


El mar, siempre el mar

El mar, una vez que se dejó la carpa, se vuelve el gran protagonista del día. Previo desayuno-almuerzo, es elegido por la mayoría para darse el primer baño del día, para jugar a la paleta o bien para tomar sol.

A la hora de la siesta, las carpas apenas ganan adeptos. Dormir con calor no es algo que guste a muchos, sin embargo aquéllos que han pasado una mala noche o, mejor dicho, no han dormido de noche, encuentran dentro de las carpas una belleza particular: dormir la siesta cuando no duerme nadie. A esas horas, el camping continúa con su vorágine de ruidos y corridas, de bañistas y tomadores de sol, de deportistas y lectores en la arena.

Todo se calma unas horas después, cuando la temperatura comienza a bajar y se enfría la arena y muchos comienzan ahora sí a acondicionar las carpas a la espera de la noche. Aquí el espectáculo se vuelve fascinante. Cada casa de tela posee su luz propia, sus habitantes y, por supuesto, sus diálogos que, ante la inexistencia de medianeras o paredes, se oyen desde el resto de las carpas. “Vale escuchar y no opinar” sostiene riendo una de las antiquísimas cuidadoras del camping cuando ambos llegamos a la conclusión de que el bullicio de cada carpa se vuelve también un atractivo turístico.

Apenas cae el sol es el instante en que las toallas y las mudas de ropa se dirigen a los vestuarios, para minutos después volver embolsadas hasta las pequeñas sogas que esperan el sol del próximo día para secarse.


Asado, guitarra y almohadas

Es hora de preparar la cena. Pescado para aquéllos a quienes el mar les deparó un buen día. Carne de la proveeduría o del almacén para quienes no tuvieron suerte. Lo cierto es que el humo que desprenden las parrillas se apodera lentamente del olfato general y hay asados que se vuelven la sana envidia de todas las carpas.

La luz de la luna es muchas veces esperada para apagar las portátiles que iluminan cada carpa y es en ese momento cuando la brisa marina se apodera del camping y los altos pinos y eucaliptos comienzan a soplar.

El fuego y las guitarreadas se hacen escuchar hasta que alguien grita el clásico “ssssshhhhh” o hasta que el mate se enfría. Es el momento en que las carpas comienzan a poblarse de calor, esperando los primeros rayos de sol para volver a despertarse.

Esto en Mar Azul, en temporada, sucede todos los días de verano, incluso muchas veces durante las vacaciones de invierno. Porque, como dice el famoso dicho: “Contra gustos, no hay nada escrito”.

Autor Pablo Etchevers Fotografo Pablo Etchevers

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